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lunes, 7 de septiembre de 2009

RAICES

"Reflejos"/ Óleo sobre tela, sobre madera/ 50 x 40 cms


Solamente dos de todos mis cuadros, en toda mi vida, proceden directamente de imágenes soñadas.
Y éste es uno de ellos. Es claramente un sueño de orígenes y de identidad, como los dos anteriores. Pero éste habla de mi otra raíz, la indígena, que también está presente en mi sangre a través de los antepasados paternos de mi madre.
Pero además de ser un sueño de identidad, me queda claro al releerlo que fue un importante "empujón" que me mandó mi inconsciente para lanzarme al mundo del quehacer pictórico, ya que en aquél entonces sólo pintaba tímidamente para mi misma, y no tenía aún el valor de hacerlo abiertamente. ¿Se tratará quizás de ese "maestro interior" que a veces nos guía?

El sueño era éste:

"Había una gran comida familiar en un entorno campestre, en un lugar lleno de árboles. Estábamos todos: mis hermanos, mis padres, tíos, primos y más personas. Todo era alegre, abundante y bullicioso. Había aromas de comida muy ricos, y risas de niños.
Pero a mi como que me entraban ganas de alejarme un poco, para estar sola. De modo que me apartaba lentamente hasta acercarme a un gran portón, el cual abría, y salía por ahí. Me encontraba con una carretera, que cruzaba (no pasaba ningún coche).
Del otro lado, había un paisaje distinto: un terreno algo pedregoso o rocoso, y a lo lejos un gran río cuyo rumor me atraía. Cuando me acercaba, quedaba PASMADA por esta visión: una mujer indígena, de piel morena y un primoroso huipil bordado se encontraba a la orilla del río, quieta, mirando a lo lejos. Y cuando yo seguía su mirada, descubría unos portentosos montes bañados de luz, ¡que reproducían los coloridos bordados de su huipil! Pero los picos y puntos de cruz de su vestimenta se "proyectaban" a escala gigante sobre los montes, como si fueran de luz (como cuando se proyectan transparencias sobre una pantalla en la pared).

Yo estaba tan impresionada con la escena, que estaba muda e inmóvil.
Y en ese momento, escuchaba una voz, que no sabía de dónde venía, pero era fuerte e imperativa. Me decía: "¡Píntalo!". Yo, asustada, respondía: "Pero no puedo, está muy difícil, yo no puedo pintar todo esto, imposible...Yo no he pintado nunca agua corriente, ¡no puedo!" Y la Voz repetía lo mismo, pero ahora dos veces: "Píntalo! ¡Píntalo!"

Uuuf, recuerdo que me quedaba como varada, y no podía responder nada. Entonces, tras un rato de profunda reflexión, por fin contestaba: "Está bien...Pero me tienen que mostrar otra vez la cara de la mujer, porque no la vi bien".
Y en ese instante, pasaba lo más increíble: como que me obedecían a mi petición, y se operaba como un zoom en la cámara (sí: como si fuese una película), y me daban oportunidad de ver bien esta cara y estudiarla en detalle: ¡ERA MI MADRE, DE JOVEN!"

Aún hoy, más de 20 años después de haberlo soñado, me emociona profundamente recordar la imagen. El cuadro fue de mis primeros óleos, es por eso que se aprecia muy sencillo técnicamente. Pero tiene, para mi, el valor de la frescura y la espontaneidad de aquél momento. No lo realicé de inmediato, sólo lo guardé como boceto a lápiz, y lo pinté casi 7 años después de haberlo soñado, cuando sentí que ya estaba lista para enfrentar el reto.